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Las
acciones de la clase dominante, aplicando todo el rigor de su poder a través del
aparato del Estado, irá profundizando la idea de conciencia de clase de las
clases proletarias, especialmente, en la zona norte, donde adquirirá su máxima
expresión. Contribuirá a esta toma de conciencia, la llegada a esa región de
muchos de los mas destacados dirigentes obreros, muchos de los cuales habían
sido despedidos de sus lugares de trabajo en la zona central. Estos dirigentes
se internaron en la pampa y se asociaron a los gremios salitreros, influyendo
decididamente en la conciencia de los trabajadores, respecto de las condiciones
subhumanas en que vivían.
En
1906, el anarquista Luis Olea llegó a trabajar en labores de pintura a la
Oficina Agua Santa, donde se hizo de varios camaradas, tales como Facundo
Castro, Alejandro Barraza e Hipólito Galarce. También llegaron por esa época,
desee Valparaíso, los ex dirigentes portuarios Luis Guerra Sarmiento e Ignacio
Mora. De la misma forma, llegó un casi desconocido dirigente democrático de
ideas anarquistas, llamado Luis Emilio Recabarren, además del connotado
Alejandro Escobar Carvallo.
A fines de 1906, en las principales ciudades y poblados del norte, existían
grupos de activistas que trabajaban en la difusión de las reivindicaciones
obreras: en Pozo Almonte, estaban Guerra y Mora, que instalaron una pequeña
imprenta y publicaron un periódico llamado "La Agitación"; en Antofagasta
estaba Escobar, Casimiro Fuentes y Vicente Díaz; en Tocopilla sobresalían
Recabarren, que dirigía el periódico de la sociedad mancomunal, y Lidorfo
Alarcón; en Iquique, Luis Olea había formado el Centro de Estudios Sociales
Redención, donde se dictaban conferencias y se publicaban folletos, contando
con la colaboración de Manuel Aguirre; en la Oficina Buen Retiro, trabajaban
Francisco Burgueño, Rudecindo Salas y Luis Ponce; mientras, en la Oficina
Sacramento, lo hacían Víctor Mansilla, Francisco Heredia y Máximo Valdés, etc.
Hojeando los diarios obreros del Norte Grande chileno, se pueden encontrar
testimonios del nivel de abusos y explotación en que e encontraban los
trabajadores de la pampa salitrera. Por ejemplo, en "El Defensor" de
Tal-Tal, se denuncia la situación de los palanqueros. Estos obreros eran
los que debían operar los cachuchos, o carros de tren que cargaban el
salitre, quienes tenían horarios desde las 04:00 a las 21:00 hrs. La empresa
debía proveerles de la comida durante la jornada de trabajo, compromiso que
habitualmente no se cumplía. Otro abuso común denunciado en Tal –Tal, era el
efectuado por el jefe del muelle, que recortaba el jornal de las cuadrillas de
trabajadores, hasta 3 pesos por trabajador, sin especificar razón para ello. En
la Oficina Santa Luisa, había un capataz de apellido White, que se emborrachaba
y luego castigaba a los obreros por cualquier insignificante causa,
sometiéndolos a tormentos y abusos. En la Oficina Chile, se cometían toda clase
de abusos, hasta asesinatos, amparados por los vigilantes armados del
campamento.
Otro ejemplo típico de las arbitrariedades, lo constituye el que provocó la
huelga de los lancheros de Tal-Tal, en junio de 1906. La Compañía Alemana
del Salitre, obligaba a cargar 500 sacos de salitre por lanchada, es
decir, cada lancha debía llevar en cada viaje hacia el barco esa cantidad de
sacos. El convenio tarifario, sin embargo, establecía que debían ser 400 sacos.
Estas y otras muchas arbitrariedades, fueron creando el escenario de uno de los
sucesos mas trágicos, brutales y absurdos, que conmovieron a la clase
trabajadora, que solo se explica por la actitud del gobierno de favorecer a las
compañías salitrera, donde el Presidente de la República era accionista de
varias compañías, además de haber sido un conspicuo funcionario de algunas de
ellas. El Ministro del Interior, Justiniano Sotomayor, en tanto, estaba
estrechamente ligado a varios gerentes de la industria salitrera.
En general, las reivindicaciones que levantaron los obreros de la pampa, en
diciembre de 1907, fueron las mismas que provocaron el sangriento desenlace de
1890. Las fichas con las que se pagaban los salarios, se habían desvalorizado
entre un 20 y un 40 por ciento de su valor nominal. El monopolio de las
pulperías o almacenes, seguía siendo otra importante fuente de ingresos para
las compañías propietarias de las oficinas salitreras. El salario real de un
obrero salitrero no superaba los 2,5 pesos diarios, lo que constituía un ingreso
misérrimo. Los malos tratos y los castigos corporales, entre los cuales estaba
el cepo, donde se amarraba al obrero castigado por el cuello o los
tobillos, dejándolo horas o días bajo el sol. Las condiciones de extremo riesgo
de accidentes, donde los cachuchos y las detonaciones de dinamita
cobraban vidas o lisiaban, casi a diario, en la distintas faenas del desierto.
La
crisis económica había empeorado las cosas, provocando una recesión que afectó
al país, y que también se hizo sentir en la zona salitrera. En 1906, varias
empresas quebraron, y se produjo una restricción del crédito. Se produjo una
especulación desenfrenada, mientras el gobierno de la Alianza
Liberal-Conservadora agravaba mas la situación, emitiendo dinero sin respaldo,
provocando la carestía en el costo de la vida. Por cierto, la depreciación
monetaria favorecía a los propietarios, que pagaban salarios bajos, mientras los
precios de los arriendos, de los alimentos y de la tierra subían constantemente.
La carestía de los alimentos incidirá en la resolución de los gremios de mar de
Iquique, que paralizaron las faenas, en los primeros días de diciembre de 1907,
exigiendo un aumento de los salarios de jornal. A la petición de los portuarios,
se unieron, días después, los obreros de salitreros de las oficinas Alianza, San
Lorenzo y Zapiga, que resolvieron bajar a Iquique, para presentar sus peticiones
a las autoridades, para lo cual, se juntaron en el poblado de San Antonio, desde
donde iniciaron una marcha a pie hasta la ciudad. Dos días después llegaron a su
destino, siendo recibidos por el Intendente, que resolvió albergarlos en una
escuela pública junto a la Plaza Manuel Montt.
El lunes 16 de diciembre, reunidos en la misma escuela Santa María, se
constituyó un Comité de Huelga, conformado por 20 delegados de los obreros de la
pampa, 16 delegados de los gremios de Iquique, afiliados a la Combinación
Mancomunal, y dos delegados del Centro de Estudios Redención, los cuales
designaron el siguiente directorio: José Briggs, presidente; Luis Olea Castillo
y Manuel Altamirano, vicepresidentes, y José Santos Morales, tesorero.
El martes 17, la paralización en Iquique se generalizó, al tiempo que llegó un
millar de personas mas, provenientes de otras oficinas salitreras, entre las
cuales iban también mujeres y niños, las que también fueron enviadas a la
escuela Santa María. Ese mismo día llegó también el crucero Blanco Encalada,
llevando tropas del Regimiento "Rancagua" de Arica y de la Compañía de
Ingenieros de Atacama.
El miércoles 18 llegaron mas tropas en el crucero Esmeralda, que quedó
fondeado en la bahía. El día 19, llegó un tercer barco, el Zenteno, que
traía además al general Silva Renard y al coronel Ledesma, como jefes de las
tropas encargadas de la represión por parte del gobierno. El despliegue militar,
sin embargo, no amedrentó a los huelguistas, que seguían llegando desde la
pampa.
El viernes 20, a las 9 de la mañana, entraron a la ciudad, mas de 3.000 obreros
provenientes de Haura y Negreiros. Ese mismo día se tuvo noticias de cual sería
la actitud del gobierno frente a la huelga general, cuando, en la Oficina
Buenaventura se inició una marcha de un millar de obreros hacia Iquique, siendo
repelidos por un piquete de soldados, que abrió fuego, ocasionando varias
víctimas. La acción militar, sin embargo, no impidió que los obreros llegaran
hasta la ciudad, que ya albergaba a mas de 20.000 personas, entre obreros y sus
familias, los que se albergaban en la Escuela Santa María y en una carpa de
circo, instalada en la Plaza Manuel Montt.
Escobar (1) cuenta que, en una palabra, la pampa había sido literalmente
evacuada por la masa trabajadora, escúalida, hambrienta y oprimida,
considerando que, si bien dentro de las 20.000 personas que habían bajado a
Iquique se contaban sus mujeres e hijos, la masa laboral salitrera bordeaba los
25.000 trabajadores. Para los obreros había solo dos posibilidades: o les daban
solución a sus demandas o regresaban a sus lugares de origen, en el centro y sur
del país. Ese viernes, las compañías plantearon que estudiarían los
planteamientos de los trabajadores, pero, sobre la base del retorno de ellos a
sus faenas, requisito que fue rechazado por aclamación por quienes estaban en la
escuela. La tensión aumentó ante el despliegue militar en torno a la escuela y
la plaza, creciendo al anochecer.
Con esa tensión e incertidumbre, amaneció el terrible 21 de diciembre. En el
transcurso de la mañana, el general Silva Renard comunicó a los dirigentes del
Comité de Huelga, que debían hacer abandono de la escuela por motivos
sanitarios, debiendo trasladarse al hipódromo. La orden militar fue rechazada
por los huelguistas, que reafirmaron sus reivindicaciones como condición previa.
A las 14:30 hrs. Una comitiva de oficiales se hizo presente, insistiendo en la
exigencia de Silva Renard, y profiriendo amenazas. Escobar (2) señala que los
huelguistas no pudieron creer que, sin dar ellos motivo alguno, fuesen a emplear
las armas contra la multitud indefensa. Hasta el último momento confiaron en las
garantías constitucionales, en los derechos públicos a petición, de asociación y
reunión.
A eso de las cuatro de l tarde, la tensión aumentó peligrosamente, cuando un
oficial gritó desde el otro lado de la plaza, que debían hacer abandono del
lugar en forma perentoria. El Comité de Huelga se asomó a una ventana del
segundo piso de la escuela, observando que el sector estaba rodeado de tropas
con bayoneta calada. La insistencia de la orden militar fue respondida por Luis
Olea, que desabrochándose la camisa, le gritó a los militares que si querían
sangre obrera, que él ofrecía su sangre propia. En ese trágico momento, sonaron
dos descargas de fusilería correlativas: una dirigida contra el lugar donde
estaba el Comité de Huelga, y la otra contra la puerta principal de la escuela.
Se escucharon otras dos descargas contra el grueso de la multitud y, luego, el
tableteo de ametralladoras.
Escobar (3) relata lo ocurrido a continuación: La confusión y desesperación se
apoderó de la multitud, compuesta no solo de hombres, mujeres y niños de la
pampa, sino de muchos curiosos ubicados en la plaza para observar el movimiento
huelguístico. Las gentes despavoridas trataron de salir del cierro donde llovían
las balas, pero, el cerco de tropas con bayoneta calada se lo impedía.
Después de unos minutos de horror, de mujeres pidiendo clemencia, de obreros
desangrándose, la caballería irrumpió con sus lanzas en punta. A caballazos y
lanzadas, sintiendo las bayonetas de la infantería contra sus cuerpos, cuan
rebaño de animales, la muchedumbre fue obligada a desplazarse por la calle
Barros Arana hasta el hipódromo. Muchos murieron en esa trágica marcha hacia ese
lugar, atravesados por lanzas o bayonetas, o por la golpiza de las culatas de
los fusiles. La noche la pasaron allí, sin comida ni abrigo, y al despuntar el
alba comenzaron a ser embarcados en trenes hacia las oficinas salitreras.
Tal fue el fin de la huelga salitrera de 1907. Las diferentes estimaciones han
permitido establecer una cantidad de muertos cercana a 3.600 víctimas, aún
cuando el gobierno reconoció solo 100. El padre del historiador Julio César
Jobet, que en su condición de suboficial del Regimiento Carampangue,
participó en el conteo de cadáveres en un primer turno, le relataría a su hijo
que registró mas de 900 cuerpos sin vida, de hombres, mujeres y niños, rebanados
por las ametralladoras. Según contaría después, Carlos Vicuña (4), entre las
víctimas hubo 8 militares, integrantes de una segunda comisión, que quedaron
atrapados en medio de la granizada de proyectiles.
El informe del general Silva Renard, citado por Recabarren en su libro "La
teoría de la igualdad", es una histórica muestra de cinismo: reconoce 140
víctimas, entre muertos y heridos, y termina diciendo que lamenta ese
doloroso resultado, del cual son responsables únicamente los agitadores, que,
ambiciosos de popularidad y dominio, arrastran al pueblo a situaciones
violentas, contrarias al orden social, y que la majestad de la ley y la fuerza
pública no deben amparar, por severa que sea su misión.

Notas
1. "La organización política de la clase obrera a comienzos de siglo". Alejandro
Escobar Carvallo. Revista "Occidente". N° 122. 1960.
2. Idem.
3. Idem
4. "La tiranía en Chile". Carlos Vicuña Fuentes. Imprenta O’Higgins.
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